¿¡Mofetas!?
Aquellas luces detenidas en la carretera me llamaron la atención y me preocuparon. Detuve la furgoneta en el arcén, saqué el botiquín, mi cámara de fotos y me encaminé así preparada hacia el lugar. Fue durante mi viaje a Nueva York, ese concierto al otro lado del Atlántico podía acabar con mis energías, pero no quedaba más remedio que cumplir con el compromiso. Nadies, el alter ego artístico de Marta Barquero Estevan, ya era conocido en los Estados Unidos, pero consolidar el reconocimiento del público es siempre una tarea inacabada. Para llegar al vehículo estacionado debía atravesar un pequeño descampado, con el suelo lleno de hierbas altas y maleza. Cuando ya me acercaba, pude ver una sombra que, ahora medio arrastrándose, ahora mediante pequeños brincos, se acercaba también al vehículo unos metros por delante de mí. Me pude acercar a ella un poco más, no pareció notar mi presencia. Parecía un tipo de mediana estatura y, a juzgar por sus movimientos y por como ladeaba la cara vigilando a un lado y a otro, bastante nervioso. Me aproximé a él, le saludé y no pude reprimir una sonrisa cuando aquél tipo joven soltó un gritito ahogado, se llevó la mano al pecho y estuvo a un paso de caer de espaldas al suelo.
-¿Te encuentras bien?- le pregunté al ver su cara de espanto
- Sí, sí, no ha sido nada- respondió ahora ya mas relajado.
Iba a preguntarle si sabía qué le había pasado al descapotable, pues así era el auto al que nos habíamos acercado mientras tanto, cuando me di cuenta de que un fuerte olor salía de allí, y no era la única, el joven estaba olfateando acercándose hacia el coche, como si estuviera rastreando el olor. Seguí sus pasos, tapándome la nariz, pues el olor cada vez era más insoportable.
-¡Mofetas!- gritamos los dos a la vez.
Un pequeño grupo de mofetas enfurecidas y muy activas rodeaba el vehículo.
-¡Mira!- dije señalando algunas de ellas saliendo de una pequeña madriguera - este debe ser el motivo de tanta peste
El descapotable había tenido la mala suerte de ir a parar casi encima de su tan preciada casita y éstas habían salido a defenderla.
Dentro de este había un chico acurrucado en el asiento de delante, tapado con una enorme chaqueta de piel y mirándonos con desprecio y tapándose la nariz. Enseguida lo reconocí y me entró la risa al ver su situación.
-¿Le conoces?- preguntó con una mueca aquel hombre desconocido.
-Sé quién es, y tú seguramente también-dije, pensando en su acento barcelonés- es ese cantante tan rico y poderoso de Barcelona.
Y se echó a reír a carcajadas al acercarse y comprobar que exactamente era quien le estaba diciendo.


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