jueves, diciembre 07, 2006

La primera cena

Habíamos acabado ya de cenar y continuábamos charlando mientras dábamos cuenta de los postres. El cocinero del restaurante se había tomado bien que le llevara unos cuantos tomates, recogidos en el recital que había tenido lugar pocas horas antes, y nos había hecho una suculenta ensalada con que acompañar los otros platos. Marta se rió divertida cuando vio la cara de sorpresa del camarero cuando le tendí la bolsa llena de tomates, más todavía cuando le iba contando al camarero lo que quería que hicieran con ellos, y no pudo reprimir una carcajada cuando el camarero volvió con la respuesta afirmativa del cocinero. Pero estaba a punto de descubrir que Marta también tenía sorpresas escondidas, y es que, al acabar los postres, arrugó su nariz en esa mueca pícara que ya entonces me hacía subir un cosquilleo por el estómago, y mientras esbozaba una sonrisa felina, metió la mano en la mochila que llevaba consigo y me decía:
- ¿Te apetece tomar algo… fuerte?
Miré a Marta sorprendido, mientras veía cómo sacaba de su mochila unos azucarillos y una botellita con un líquido verdoso. Miré alrededor algo nervioso, no sabía qué me iba a ofrecer Marta, pero fuera lo que fuera no debía bajar la guardia pues en cualquier momento la aparición de un agente del mal podía requerir mi intervención. Pero no parecía haber moros en la costa, así que volví a centrar mi atención en Marta, que antes de que me pudiera dar cuenta, haciendo gala de un sigilo y destreza al alcance de pocos, había puesto sobre la mesa dos brillantes copitas de cristal, que había llenado de aquel líquido verdoso, y sobre las que dejó descansar sendas cucharillas plateadas perforadas con un azucarillo dentro de cada una, sobre los que dejó caer algo de agua que fue disolviendo el azúcar y la arrastró hasta el líquido verde que esperaba debajo. Hizo esto con sus manos de dedos delgados a una velocidad hipnotizadora, pero ni una gota cayó fuera de la copa ni un grano de azúcar sobre la mesa. Cuando acabó de preparar la bebida, volvió a lanzarme su mirada de naricilla arrugada y me dijo:
- ¿Brindamos?
Dudé antes de responder, y se debió de notar en mi cara.
- Desde luego… ¿pero qué es eso?
- ¿Esto? ¡Absenta! – dijo divertida – la preparo en mis ratos libres, una, que tiene habilidades ocultas – añadió rematando la afirmación con una sonrisa encantadora.
- De acuerdo, ¡brindemos pues!
Y, guiado por Marta, crucé mi brazo con el suyo y engullí el licor verdoso de un solo trago sin dejar de mirarla… hasta que los ojos se me enrojecieron, la garganta me pareció hervir y mi voz decidió abandonarme hasta que llegaran tiempos mejores. Marta, también con los ojos llorosos, se rió al verme y me pellizcó en la nariz mientras se burlaba de las lágrimas que recorrían mis mejillas. No pude dejar de sonrojarme ante la situación, como tampoco pude dejar de reírme arrastrado por la embriaguez de la bebida que me comenzaba a recorrer con la velocidad del escalofrío y por la visión de mi acompañante que acercaba su silla y, echándome un brazo sobre el hombro, no dejaba de bromear:
- ¡Qué, tipo duro! ¡Cómo va ese gaznate! – decía con voz intencionadamente grave mientras yo todavía medio tosía medio carraspeaba y mis ojos se anegaban de lágrimas, unas causadas por las carcajadas y otras todavía por los efectos de la bebida.
- ¡Qué tenemos aquí! – decía acercándose más – ¿Y esto es una estrella del rock? ¿Alguien que ni si quiera puede tomar un agua mineral sin descomponerse? ¡Menos mal que era sin gas!
No pude reprimir más las carcajadas, y la voz regresó mientras reía como hacía tiempo que no lo hacía, acompañado por las carcajadas de Marta, cada vez más cercanas y cálidas. Casi sin darme cuenta, cuando ya remitía la risa pero no las lágrimas de los ojos, eché mi cabeza sobre su hombro, con la sonrisa todavía en los labios; al darme cuenta, di un respingo nervioso y enderecé el cuello, consiguiendo así pasar de una situación embarazosa a otra que sirvió para que mis nervios se convirtieran en un escalofrío paralizador, pues al alzar la cabeza del hombro de Marta mi rostro quedó a escasos centímetros del suyo, su aliento golpeando mi mejilla, su sonrisa rozándome el rostro, sus ojos mirándome brillantes… alcé la mano, no sabía lo que hacía, y le acaricié la mejilla… ella estaba quieta, tal vez atenazada también por los nervios, pareció acercarse más, o tal vez no, quizás sólo fuera mi imaginación. El caso es que levantó su mano y me acarició el cabello, y entonces… oímos una tosecilla nerviosa:
- Ejem… ¿los señores desean café?

sábado, octubre 28, 2006

Legañas, bostezos y gruñir de tripas.

Era ya de día cuando entramos en Nueva York, y yo, sin saber exactamente hacia donde dirigirme, ya que no sabía que tenía pensado hacer José al llegar alli, aparqué la furgoneta al lado de un enorme parque y él, aprovechando el hueco que había dejado detrás de mi, aparcó tambien la suya. Bajamos con los ojos cansados y legañosos, estirandonos y bostezando, y mientras nos dirijíamos a sentarnos al banco mas cercano José se quedó quieto unos segundos, y, con una ceja medió levantada, miró mi barriga. Enrojecí cuando noté que mi estomago estaba dando un recital de bramidos.
-¿Tienes hambre?
- Pues la verdad es que sí - respondí tocandome la barriga con una mano y frotandome la nuca timidamente con la otra.
-Si quieres...- dijo, mirando con los ojos medio cerrados hacia el otro lado de la carretera. Buscó unos segundos hasta que levantó el brazó señalando una cafetería - ¿Que te parece si vamos los dos a desayunar alli?
-Genial! - le dije ya pensando en una enorme taza de chocolate caliente y humeante.

La cafetería estaba bastante bien, era tranquila y la comida buenísima. Después de desayunar estuvimos allí charlando un rato hasta que el cansancio de toda la noche conduciendo pudo con nosotros. Antes de levantarnos para irnos nos dimos los numeros de telefono para poder estar en contacto, pues cada uno tenía reserva en un hotel distinto y ese era el fin de nuestro encuentro.
Fuimos hasta las furgonetas, los dos con la mirada triste dirijida al suelo, y al llegar...
- Bueno... ha sido un placer conocerte y... bueno... mas vale que esto no sea una despedida para siempre- Le dije sonriendo con la lengua fuera mientras estaba abriendo la puerta.
- Lo mismo digo, me lo he pasado muy bien contigo!- dijo mientras andaba hacia su furgoneta.
Yo ya estaba arrancando la mia cuando vi que él volvia para atrás medio corriendo.
-Espera!- gritó levantando una mano.
- ¿Que pasa?
- Yo...¿Que haces esta noche después del recital? ¿Te apetecería venir a cenar conmigo?- preguntó mirandome con media sonrisa y los ojos brillantes.
Desapareció la amarga tristeza de las despedidas con un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo. Quería gritar " ¡Claro que si!" pero me contube y solté un "si" timido y flojo, pero aun asi rebosante de felicidad. Quedamos que nos veríamos en ese mismo parque a las once de la noche y nos fuimos, ahora mas contentos, cada uno por su lado.

jueves, octubre 12, 2006

Luces en la oscuridad

Seguía a Marta por la carretera recta jalonada por abetos a un lado y otro que nos debía conducir a Nueva York. Marta conducía rápido y mi maltrecha furgoneta se quejaba de tanto en tanto con un crujido aquí, un chirrido allá y algún zumbido apagado que completaba el concierto. Cuando llevábamos algo más de media hora de camino, otro flamante descapotable, de similar disposición, aspecto y catadura moral al que antes habíamos encontrado varado en la cuneta, nos fue pasando lentamente por el carril de nuestra izquierda. Alterado, exaltado y enfurecido como sólo por un descapotable me puedo enfurecer, exaltar y alterar, aproveché la ausencia de curvas en la carretera, me bajé rápido los pantalones y calzoncillos y, después de hacer luces a la furgoneta de Marta para reclamar su atención, abrí la ventanilla y dediqué un oscuro saludo al conductor de dientes brillantes y mirada altiva que me respondió con gesto airado y agitando su puño. Le respondí dándome dos palmadas en mi trasero y dedicándole palabras rebosantes de cariño, cerré la ventanilla por la que entraba un fresquito inquietante, me subí los pantalones y me senté satisfecho y gozoso. Entonces, a mi felicidad momentánea le sucedió una estupefacción sorprendida y al momento mi gozo se multiplicó cuando vi que, cuando el descapotable pasaba junto a la furgoneta de Marta, su ventanilla descendía y cual luna llena sus nalgas desnudas saludaban con gracia singular al conductor del descapotable que, no pudiendo esconder su gesto de honor ultrajado, aceleró ruidosamente su coche hasta desaparecer en la oscuridad de la noche. Estuve riéndome a carcajadas durante minutos, al extremo de que a punto estuve de perder el control de la furgoneta en alguna ocasión, aunque a juzgar por el vaivén ocasional de la furgoneta de Marta las carcajadas no moraban sólo en mi vehículo. Desde luego esta era una experiencia que teníamos que repetir más adelante. Y así, tras unas pocas horas más de viaje, las nieblas del amanecer nos sorprendieron entrando ya en las afueras de Nueva York.

martes, octubre 03, 2006

Hora de partir

Despues de comprobar que el orgulloso en apuros no quería nuestra ayuda, nos sentamos a charlar un rato y tomamos unas cervezas, pero el tiempo seguía pasando y pronto llegó la hora de partir, aunque no me apetecía nada. José, ese chico tan extraño para mi en esos momentos, me había caido demasiado bien como para dejar que se marchara sin mas, pero no sabía como hacer para preguntarle si le apetecía quedar para dar un paseo algun día, pedirle su telefono, o cualquier cosa que me sirviera para saber que esta no sería la primera y última vez que nos cruzáramos.
Cuando me di cuenta ya estabamos al lado de la carretera, donde estaban nuestras furgonetas. "Esta es mi última oportunidad" pensaba yo cuando le escuché preguntar:
-¿Hacia dónde te diriges, Marta?
Le dije mi destino y su mirada, hasta entoces atenta a todo, vijilante y dura, como si estubiera al tanto de cualquier peligo, se tranformó en una mirada de ojos brillantes en un rostro sonriente. Resultó que él también se dirijía a Nueva York, y decidimos hacer juntos el largo camino que nos quedaba por recorrer.
Me fuí corriendo y saltando de alegría hacia la furgoneta, me subí a ella tatareando una canción alegre y medio metida en un baile tonto y repetitivo, pero divertido, dando golpecitos al volante (aun tatareando la cancion) despues, ya al haber subido y haberme sentado en mi asiento. Miré por la ventanilla y vi a José ya en el volante. Me di cuenta de que me había podido estar viendo todo este rato y mi rostro cambió completamente, noté como pasaba de ser mas bien palido a rojo intenso por el ardor que se apoderó de mis pómulos. Me apresuré y arranqué la furgoneta lo mas rápido que pude y apreté fuerte el acelerador, para que almenos, asi, no pudiera ver mi rubor y yo poder seguir, luego, como si nada hubiera pasado.
Vi como arrancaba el su furgoneta y venía detras, y empezamos el largo pero divertido viaje por carretera hacia esa inmensa ciudad llamada Nueva York.

Primeras cervezas

Aquella muchacha, Marta, me caía bien. Después de haber comprobado, a prudente distancia, que el famosote del descapotable sólo estaba asustado y mantenía su arrogancia brillante y sin mácula, rechazando cualquier tipo de auxilio y aferrado a su teléfono móvil como a un chaleco salvavidas, nos sentamos ambos a una decena de metros del coche y sus ocupantes. Allí observamos divertidos los saltos, carreras, gruñidos y arañazos con que las mofetas acompañaban a su aroma particular, y los gestos de incomodo y náusea que con heroísmo encomiable ese cantante de éxito intentaba reprimir. Tras presentarnos, Marta fue a la furgoneta a buscar unas cervezas y continuamos observando el espectáculo nocturno alegrando la conversación con la bebida. Fue así como supimos que ambos nos dedicábamos a la música. Marta, con su carrera de rock, tenía más experiencia que yo, un repertorio amplio y un par de discos en el mercado, esa noche aprendí a valorar sus consejos. Por mi parte, poco tenía que ofrecerle a esa muchacha agradable y de mirada brillante a veces y perdida otras, salvo mi compañía, que no era mucho, y el auxilio de mis superpoderes. A punto estuve durante esa primera conversación, animada por los efectos de la cerveza, de desvelar mi secreto a Marta, pero pude contener la tentación y guardé silencio sobre mi identidad secreta. Cuando acabamos las cervezas nos levantamos para partir y nos dirigimos hacia la carretera, donde nos esperaban nuestros vehículos:

- ¿Hacia dónde te diriges, Marta? – le pregunté mientras miraba hacia la carretera.

- Voy hacia Nueva York, allí es mi próximo recital – respondió ella con la mirada gacha, mirando cómo sus botas se arrastraban por el suelo al caminar - ¿Y tú?

Esbocé una sonrisa casi instantáneamente antes de responder, procurando no alzar demasiado la voz:

- ¡Qué casualidad! ¡Yo también! Todavía quedan bastantes horas de camino, ¿qué te parece si hacemos el viaje juntos?

- ¡Fantástico! – dijo Marta con la sonrisa dando luz a su cara – Pero yo voy delante – añadió antes de sacar la lengua y salir corriendo hacia su furgoneta.

¿¡Mofetas!?

Aquellas luces detenidas en la carretera me llamaron la atención y me preocuparon. Detuve la furgoneta en el arcén, saqué el botiquín, mi cámara de fotos y me encaminé así preparada hacia el lugar. Fue durante mi viaje a Nueva York, ese concierto al otro lado del Atlántico podía acabar con mis energías, pero no quedaba más remedio que cumplir con el compromiso. Nadies, el alter ego artístico de Marta Barquero Estevan, ya era conocido en los Estados Unidos, pero consolidar el reconocimiento del público es siempre una tarea inacabada. Para llegar al vehículo estacionado debía atravesar un pequeño descampado, con el suelo lleno de hierbas altas y maleza. Cuando ya me acercaba, pude ver una sombra que, ahora medio arrastrándose, ahora mediante pequeños brincos, se acercaba también al vehículo unos metros por delante de mí. Me pude acercar a ella un poco más, no pareció notar mi presencia. Parecía un tipo de mediana estatura y, a juzgar por sus movimientos y por como ladeaba la cara vigilando a un lado y a otro, bastante nervioso. Me aproximé a él, le saludé y no pude reprimir una sonrisa cuando aquél tipo joven soltó un gritito ahogado, se llevó la mano al pecho y estuvo a un paso de caer de espaldas al suelo.
-¿Te encuentras bien?- le pregunté al ver su cara de espanto
- Sí, sí, no ha sido nada- respondió ahora ya mas relajado.
Iba a preguntarle si sabía qué le había pasado al descapotable, pues así era el auto al que nos habíamos acercado mientras tanto, cuando me di cuenta de que un fuerte olor salía de allí, y no era la única, el joven estaba olfateando acercándose hacia el coche, como si estuviera rastreando el olor. Seguí sus pasos, tapándome la nariz, pues el olor cada vez era más insoportable.
-¡Mofetas!- gritamos los dos a la vez.
Un pequeño grupo de mofetas enfurecidas y muy activas rodeaba el vehículo.
-¡Mira!- dije señalando algunas de ellas saliendo de una pequeña madriguera - este debe ser el motivo de tanta peste
El descapotable había tenido la mala suerte de ir a parar casi encima de su tan preciada casita y éstas habían salido a defenderla.
Dentro de este había un chico acurrucado en el asiento de delante, tapado con una enorme chaqueta de piel y mirándonos con desprecio y tapándose la nariz. Enseguida lo reconocí y me entró la risa al ver su situación.
-¿Le conoces?- preguntó con una mueca aquel hombre desconocido.
-Sé quién es, y tú seguramente también-dije, pensando en su acento barcelonés- es ese cantante tan rico y poderoso de Barcelona.
Y se echó a reír a carcajadas al acercarse y comprobar que exactamente era quien le estaba diciendo.

Escalofríos en la noche

Era ya noche cerrada durante mi último viaje a Nueva York cuando unas luces detenidas en la cuneta de la carretera alertaron mis supersentidos. Intenté aguzar mi superoído con resultado negativo. Había que intentarlo. A pesar de todo, juzgué que la situación era tranquila, así que decidí mantener mi identidad secreta al secreto y, tras detener mi vehículo en las proximidades de las luces avistadas en los márgenes de la carretera, descendí empleando los gestos, indumentarias y aspecto de mi identidad de artista de éxito dudoso y cantante de rock alternativo, José Javier Casas de Pedro. Usé mi supervisión, el cielo tapado podía permitir a algún ladrón, bandido o prófugo de la justicia aprovechar la noche para darse al saqueo del, ahora ya más cerca, descapotable que yacía en un pequeño claro con las luces todavía encendidas. El resultado de usar mi supervsión fue negativo. Me agaché a unos pocos metros del automóvil y volví a utilizar mi superoído. El resultado volvió a ser negativo. Mi deber para con el bien me empujó a acercarme al coche, tal vez hubiera alguien allí necesitado de auxilio, protección o unos cables con que recargar la batería si las luces seguían mucho tiempo encendidas. Me acerqué con sigilo entre la maleza, la noche podía ocultar cualquier peligro escondido entre las sombras acechantes de los alrededores. Di dos pasos, tres, miré a un lado y a otro, nadie a la vista, di el cuarto paso y…

-¡Hola! ¿También has venido a ver qué son estas luces?

Me llevé la mano al pecho, perdí la respiración y tuve que reprimir un grito de terror. Me volví sobrecogido, el ay en la garganta y la mano todavía en el pecho, sin habla y con los ojos como platos por el pánico súbito. Una linda chica me miraba con una cara a la vez divertida y preocupada, dio un paso hacia mí y me preguntó:

- ¿Te encuentras bien?