Primeras cervezas
Aquella muchacha, Marta, me caía bien. Después de haber comprobado, a prudente distancia, que el famosote del descapotable sólo estaba asustado y mantenía su arrogancia brillante y sin mácula, rechazando cualquier tipo de auxilio y aferrado a su teléfono móvil como a un chaleco salvavidas, nos sentamos ambos a una decena de metros del coche y sus ocupantes. Allí observamos divertidos los saltos, carreras, gruñidos y arañazos con que las mofetas acompañaban a su aroma particular, y los gestos de incomodo y náusea que con heroísmo encomiable ese cantante de éxito intentaba reprimir. Tras presentarnos, Marta fue a la furgoneta a buscar unas cervezas y continuamos observando el espectáculo nocturno alegrando la conversación con la bebida. Fue así como supimos que ambos nos dedicábamos a la música. Marta, con su carrera de rock, tenía más experiencia que yo, un repertorio amplio y un par de discos en el mercado, esa noche aprendí a valorar sus consejos. Por mi parte, poco tenía que ofrecerle a esa muchacha agradable y de mirada brillante a veces y perdida otras, salvo mi compañía, que no era mucho, y el auxilio de mis superpoderes. A punto estuve durante esa primera conversación, animada por los efectos de la cerveza, de desvelar mi secreto a Marta, pero pude contener la tentación y guardé silencio sobre mi identidad secreta. Cuando acabamos las cervezas nos levantamos para partir y nos dirigimos hacia la carretera, donde nos esperaban nuestros vehículos:
- ¿Hacia dónde te diriges, Marta? – le pregunté mientras miraba hacia la carretera.
- Voy hacia Nueva York, allí es mi próximo recital – respondió ella con la mirada gacha, mirando cómo sus botas se arrastraban por el suelo al caminar - ¿Y tú?
Esbocé una sonrisa casi instantáneamente antes de responder, procurando no alzar demasiado la voz:
- ¡Qué casualidad! ¡Yo también! Todavía quedan bastantes horas de camino, ¿qué te parece si hacemos el viaje juntos?


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