Legañas, bostezos y gruñir de tripas.
Era ya de día cuando entramos en Nueva York, y yo, sin saber exactamente hacia donde dirigirme, ya que no sabía que tenía pensado hacer José al llegar alli, aparqué la furgoneta al lado de un enorme parque y él, aprovechando el hueco que había dejado detrás de mi, aparcó tambien la suya. Bajamos con los ojos cansados y legañosos, estirandonos y bostezando, y mientras nos dirijíamos a sentarnos al banco mas cercano José se quedó quieto unos segundos, y, con una ceja medió levantada, miró mi barriga. Enrojecí cuando noté que mi estomago estaba dando un recital de bramidos.
-¿Tienes hambre?
- Pues la verdad es que sí - respondí tocandome la barriga con una mano y frotandome la nuca timidamente con la otra.
-Si quieres...- dijo, mirando con los ojos medio cerrados hacia el otro lado de la carretera. Buscó unos segundos hasta que levantó el brazó señalando una cafetería - ¿Que te parece si vamos los dos a desayunar alli?
-Genial! - le dije ya pensando en una enorme taza de chocolate caliente y humeante.
La cafetería estaba bastante bien, era tranquila y la comida buenísima. Después de desayunar estuvimos allí charlando un rato hasta que el cansancio de toda la noche conduciendo pudo con nosotros. Antes de levantarnos para irnos nos dimos los numeros de telefono para poder estar en contacto, pues cada uno tenía reserva en un hotel distinto y ese era el fin de nuestro encuentro.
Fuimos hasta las furgonetas, los dos con la mirada triste dirijida al suelo, y al llegar...
- Bueno... ha sido un placer conocerte y... bueno... mas vale que esto no sea una despedida para siempre- Le dije sonriendo con la lengua fuera mientras estaba abriendo la puerta.
- Lo mismo digo, me lo he pasado muy bien contigo!- dijo mientras andaba hacia su furgoneta.
Yo ya estaba arrancando la mia cuando vi que él volvia para atrás medio corriendo.
-Espera!- gritó levantando una mano.
- ¿Que pasa?
- Yo...¿Que haces esta noche después del recital? ¿Te apetecería venir a cenar conmigo?- preguntó mirandome con media sonrisa y los ojos brillantes.
Desapareció la amarga tristeza de las despedidas con un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo. Quería gritar " ¡Claro que si!" pero me contube y solté un "si" timido y flojo, pero aun asi rebosante de felicidad. Quedamos que nos veríamos en ese mismo parque a las once de la noche y nos fuimos, ahora mas contentos, cada uno por su lado.


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